Cine y TV

Crítica: Extraterrestre

Una mañana de domingo, Julio se despierta en el departamento de Julia, tras pasar una noche loca de la que no recuerda nada. La fugaz pareja vive los momentos incómodos usuales en estos casos, cuando se asoman a la ventana: un enorme platillo volador se ha instalado en los cielos de Madrid. Sin que lo sepan, son de las contadas personas que aún permanecen en la ciudad. Por si las cosas no fueran ya bastante torcidas, pronto tocan a la puerta el vecino obsesionado con Julia y el novio de Julia.

Este es el punto de partida de la última cinta de Nacho Vigalondo, quien no nos regalaba un largo desde su estupenda Los cronocrímenes (2007). En esta ocasión, como en aquella, la ciencia ficción es catalizador para que brote lo mejor y lo peor de sus personajes, y el telón de fondo para una metáfora sobre las relaciones de pareja.

En Extraterrestre, Julio y Julia van creando una red de mentiras para que el novio no se entere de la infidelidad, en tanto que el vecino les presiona de formas poco éticas (desde el chantaje hasta el bombardeo con pelotas de tenis) para que digan la verdad. Es en este punto en el que la invasión deja de tener importancia, y lo que está en juego es saber con quién se queda Julia: si con el apocado ingeniero o el novio que sale rifle en mano para defender lo que él cree el último bastión de la humanidad.

El peso de la mentiras en las relaciones humanas o la imposibilidad de sobrevivir a ellas: Vigalondo hace ciencia ficción de la buena. Esa que hace de las emociones humanas (y sobre todo del amor) deslumbrantes efectos especiales.