Cine y TV

Crítica: Inmortals, ¡vuelve el péplum!

Inmortals es una película que debería ser estudiada en las escuelas de cine como el ejemplo más logrado del cine claustrofóbico. Y es que a pesar de que este intento del director Tarsem Singh, reconocido por su particular concepción visual, se basa en los fondos visuales que hicieran famosa a 300 (la adaptación del cómic de Frank Miller, de tema y batallas muy similares a las que se narran aquí), en Inmortals cada cuadro parece haber sido concebido para incomodar al espectador, pues difícilmente más de dos personajes caben en la pantalla…

Si la mayor parte de los escenarios son creaciones digitales, no se entiende muy bien esta decisión casi teatral que terminar por acrecentar la falsedad de todo en la película.

Algo que provoca tristeza en  Inmortals (que narra, a su manera, la leyenda de Teseo y la revuelta de los Titanes) es la caducidad que ha sufrido la imaginería gay. Y es que aplicada a los dioses del Olimpo hace ver a Zeus, Poseidón y Atenea como participantes de una carroza del Desfiles del Orgullo, sin que sea posible tomárselos en serio.

Lo único que resalta dentro del despropósito que es Inmortals es la presencia de Mickey Rourke, quien presta su grotesco físico a Hiperión, y le confiere una insólita dignidad entre personajes improvisados y endebles.

Ni siquiera la batalla final (esta sí, soberbiamente filmada en un pasadizo subterráneo) logra levantar el tedio de ver una obra llena de efebos (Zeus, en un principio interpretado por John Hurt se ve rejuvenecido en aras de esta loa al estómago firme), donde los hombres llevan faldas más cortas que las mujeres.