Cine y TV

Crítica: Los juegos del hambre

Con guión suyo (escrito a cuatro manos con el también director de la cinta, Gary Ross), Suzanne Collins ha llevado a la pantalla grande la primera entrega de su trilogía literaria Los juegos del hambre (The hunger games); la que según los expertos en marketing va a ser la saga que tome el relevo de Harry Potter y Crepúsculo.

Sin embargo, y a pesar de la resonancia de su campaña publicitaria y de algunas buenas críticas, nos tememos que Los juegos del hambre no es para tanto.

El primer problema de la cinta es que resulta sumamente derivativa. Todo lo que vemos en ella nos recuerda algo visto antes: el look glam de los oligarcas del Capitolio parece salido de El quinto elemento, la trama es una recalentado de Battle Royale, su arquitectura distópica está sacada de la ciencia ficción setentera, y hasta la fisonomía de los galanes que erigen un triángulo amoroso con la protagonista recuerdan a Crepúsculo en su dicotomía rubio/moreno, rico/salvaje…

Todo esto, claro, puede ser fruto del bagaje del espectador, y la cinta debe juzgarse por sus propios méritos. Y es ahí donde está el segundo y mayor problema de The Hunger Games: en su esquematismo.

La cinta está tan centrada en su protagonista Katniss (con los enorme pómulos y el eterno mohín de Jennifer Lawrence) que nunca cabe la menor duda de que va a gana esta competencia donde un grupo de adolescentes se enfrentan a muerte en un bosque. Esa cercanía, además, hace invisibles a los oponentes, de los que no sabemos nada.

Es decir: Los juegos del hambre se parece demasiado al programa de televisión distópico que retrata. Nos han elegido una favorito, y el resto de los sacrificados carecen de importancia.

Sobre la pretendida intención social de la cinta, mejor tendamos un manto de piedad.