Cine y TV

Crítica: Mi semana con Marilyn

Los efectos especiales no saben actuar. Su fin es, en todo caso, recrear aquello que no se puede filmar de manera real: el ascenso a la luna, el sable láser, el estallido desde el interior del avión siniestrado. La mayoría de las veces, el efecto especial es redundante, innecesario, pero tiene la función de deslumbrar al espectador, de dejarlo boquiabierto… como ocurrió como aquellos primeros espectadores que echaron a correr ante la llegada del tren filmado por los Melies.

Cuando una actriz se queda en el papel del efecto especial (de dejar al espectador boquiabierto con su belleza) se limita al papel de atracción de feria. O si usted quiere ponerlo, al nivel de Pamela Anderson en BayWatch (la cámara lenta para ver sl movimiento de sus…). Es el caso de la intervención de Michelle Williams en Mi vida con Marilyn, la biopic de Simon Curtis que ofrece retratar el duelo actoral entre la rubia y Laurence Olivier, que de cierta manera es el duelo entre el teatro y el cine, entre la escuela isabelina y el teatro del método, y tantas otras cosas.

Sin embargo, la cinta en realidad ofrece a Michelle Willians como un efecto especial: detenida, posando, congela en las tomas que más la hacen parecerse a la protagonista de Los caballeros la prefieren rubia.

Nada hay del duelo prometido en Mi semana con Marilyn, ninguna revelación que deba incluirse en los cursos de cine: retrato de un animal hermoso que hacía enloquecer a los hombres ahí donde iba. El mito como una postal, y no su explicación. De modo que el mito sigue intacto tras ver esta encantadora pero insustancial comedia que nada nos dice de la mujer, y que se limita a retratar a otra joven rubia con la mayor iluminación posible para que sea más Monroe, pero menos Norma Jean.