Cine y TV

Drive (crítica)

Un conductor sin nombre trabaja como doble de riesgo por la mañana y en las noches se ofrece como chófer para atracos. Tal y como reza su publicidad, él no interviene, pero concede una fuga en cinco minutos. Su vida solitaria se ve invadida por la vecina y su hijo, que poco a poco se convierten en el centro de su mundo. Todo se complica cuando el esposo de la mujer sale de la cárcel y es acosado por mafiosos que lo obligan a realizar un asalto. El conductor decide ayudarlo, pero el atraco sale mal, y fuerzas despiadadas van tras el conductor, la mujer y su hijo…

Esa es, a grandes rasgos, la trama de Drive (2011), un filme policíaco de Nicolas Winding Refn, dirigido con asombroso aplomo, con una sobria ingeniería visual y una actuación de Ryan Gosling que bien vale el viaje.

Drive (Conduzco) es una cinta que sigue la mejor tradición del cine negro, como se estudia en las escuelas de cine: relato sobrio, mirada distanciada y poca pero muy elocuente violencia. La historia clásica del solitario que decide comprometerse por una buena causa, sólo para que el mundo le estalle en las manos.

Sobre una foto geométrica que retrata a la ciudad de Los Angeles como un concentrado páramo de luces y puentes en donde los personajes se pierden sin remedio, el danés Nicolas Winding Refn realiza el retrado, exquisito, aún en su violencia de un alma atormentada de la que sabemos menos al final de la película que a su principio. Algo de la que la medida actuación de Gosling es la responsable.

Para el recuerdo: el encuentro final entre Driver y Bernie (Albert Brooks), y su pelea final, descrita a través de sus sombras en el pavimento.