Cine y TV

El Árbol de la Vida (crítica)

Terrence Malick es una de esas figuras que entra por la puerta trasera de los cursos de cine: realizador de proyectos atípicos, que ignoran las convenciones hollywoodenses y retan la paciencia del público. Después de dar su versión metafísica de la guerra en el pacífico (La delgada línea roja) y del mito de Pocahontas (El nuevo mundo), Malick nos ofrece su sentir acerca de la familia, la mortalidad y el perdón: The Tree of Life (El árbol de la vida).

Como en la mayor parte de las cintas de Malick, en El árbol de la vida el hilo narrativo se pierde en aras del peso simbólico de las imágenes, y el espectador puede elegir entre exasperarse ante un relato que no parece tener pies ni cabeza, o perderse entre la belleza de unas imágenes que convierten la vida familiar en una teodicea.

El relato se centra en la vida de la familia Hunter, y el momento en que reciben la noticia de la muerte del hijo mayor. A partir de ese momento se sucede por la pantalla un relato hipnótico que intenta responder a las peguntas vitales: ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué peso tienen nuestras acciones?

Para responder a esas cuestiones, Malick no lleva al origen mismo del cosmos, en un intento de hallar la esencia de este clan, como si dijera: cualquier familia se origina y termina con el Universo mismo.

No es una película para el espectador del Siglo XXI, pero es una película del Siglo XXI, que lleva a los límites la narrativa cinematográfica: un hermoso mosaico que es apenas un vistazo del árbol cuyas raíces se sumergen en el tiempo, y de cuyas ramas pendemos todos nosotros.