Cine y TV

Snowtown (crítica)

Entre 1992 y 1999 en el sur australiano un grupo de asesinos se dio a la tarea de limpiar su comunidad de abusadores infantiles… y de todo aquel que lo pudiera parecer y o que se cruzara en su camino.  Crímenes que se conocieron como “los asesinatos de los barriles”: la mayor parte de los 11 víctimas fueron encontradas en estos depósitos, en la sucursal abandonda de un banco en el pueblo de Snowtown. Esta carnicería cruel e inhumana es el centro de Snowtown, un filme de soberbia factura e impresionante pulso en su registro sin amarillismo ni concesiones de los asesinatos y de la alucinante y aterradora vida cotidiana del clan que los perpetró.

Snowtown (2010, Justin Kurzel) —rareza de una filmografía poco abordada por las escuelas de cine—es la narración elíptica y atroz del delirio de un cruzado y sus aprendices. Jamie Vlassakis (Lucas Pittaway) es el segundo de cuatro hermanos abusados por el vecino y por su hermano mayor, ante la apatía de su madre. Cree que la cosas van a cambiar con la llegada del nuevo novio de mamá, John Bunting (Daniel Henshall), que no para de atacar la casa del vecino abusador con sangrientos trozos de canguros.

De ese asedio John pasa al asesinato serial: consulta a los vecinos y localiza a culpables y sospechosos de abuso, y decide castigarlos… convirtiendo a Jamie en su aprendiz y en su tercer a bordo en un viaje sin retorno al infierno.

Lírica y desesperanzada (las vastedad australiano es mudo y apático testigo), compasiva en su retrato de la violencia (los asesinatos en su mayoría sólo se sugieren con la escucha de la grabación de despedida que John hace dejar a sus víctimas en la contestadora de sus familiares), Snowtown es un excelente  filme sobre la descomposición familiar y social en la Australia profunda, donde cualquier forma de la crueldad es preferible que el sinsentido de una vida carente de perspectivas.