Cine y TV

Una Carrera de la Muerte para la era Bush

Death Race 2000 fue una película de 1975 dirigida por Paul Barte, con una de las primeras actuaciones de Silvester Stallone y el protagonismo absoluto de Keith “Kill Bill” Carradine. Se trataba de un delirio serie b a cargo de la factoría de Roger Corman, y si alguna vez existe la justicia, se le reconocerá como el antecedente de Grand Theft Auto y toda esa zaga de juegos que rindden culto a la velocidad y los excesos.

La trama era sencilla: una carrera en la que contaba ser el primero, aunque también se ganaban puntos por cargarse a los rivales y a los peatones desprevenidos (los ancianos sumaban más puntos).

23 años después nos llega su remake: Death Race (Carrera de la muerte, sin el 2000), tras un accidentado periplo de 5 años por litigios por derechos con ¡Tom Cruise!, esta nueva versión viene bendecida por la producción de Roger Corman y está (sorprendentemente) bien dirigida por Paul W. S. Anderson (quien cada vez incluye más siglas en su nombre para no ser confundido con Paul Thomas Anderson, el de Magnolia).

Lejos de otros innecesarios saqueos al cine de los 70 (Poseidón, Asalto a la Comisaria 13, y un hinchado etcétera), esta Carrera de la Muerte (como era sello de la imagineria Corman) no evade el comentario político y diseña un mundo a la medida de la era Bush Junior: en una sociedad comprado por las corporaciones, un hombre pierde su trabajo y tras una trampa espantosa, cae en un sistema carcelario que nutre a la televisión con un siniestro reality: una carrera a través de fábricas abandonadas donde los conductores deben matarse los unos a los otros con cualquier recurso a la mano.

Con un saludable sentido del humor bestia, magníficas secuencias de persecución y a pesar de un final cursi, aplaudimos este remake (más cercano a la reversión) y te decimos que si buscas una peli con alta testosterona, esta es la tuya.